La Carrera Panamericana

PASIÓN | LA CARRERA PANAMERICANA

Ganar o morir en el intento

Aunque no duró mucho, la Panamericana ha dejado huella en los aficionados, que la tienen ahí arriba en un pedestal junto a Le Mans, Targa Florio o Mille Miglia

Hans Herrmann en la edición de 1954 | Getty Images

28.10.2016

Un Porsche rueda a toda velocidad por un camino polvoriento, el piloto sujeta fuertemente el volante con las manos doloridas, a su izquierda tiene un terraplén rocoso y con el rabillo del ojo vigila el precipicio que tiene a su derecha – no sabe de cuántos metros, tan sólo que no puede ver el fondo. De repente nota que la dirección no responde y gira el volante en vano… piensa en saltar pero el coche acaba rozando la roca y se detiene… buff… silencio. Unos minutos para recuperar el aliento. “No se detengan bajo ningún concepto en ese tramo”, dijo la organización a los pilotos en la salida. A causa de los bandidos. Y he aquí que por el terraplén bajan varios individuos que comienzan a rodear el coche… Bienvenidos a la Carrera Panamericana.

Cartel con el épico trazado

La autopista panamericana era un viejo sueño de una carretera que recorriera los 30.000 km desde Alaska hasta Tierra de Fuego. En 1937 se firmó el acuerdo para llevarla a cabo y en 1950 México es el primer país latino americano que completa su tramo. Y qué mejor manera de celebrarlo (y de paso atraer inversores extranjeros) que con una carrera, que desfilaría a lo largo de todo México lindo durante cinco días y más de 3.000 km, con un desnivel medio de entre 1.500 y 2.400 metros y cimas de 3.200. Y dicho y hecho, en ese mismo año se corrió la primera, de norte a sur, entre Ciudad Juárez, en la frontera con Texas, hasta Ciudad Cuauhtémoc, Chiapas, en la frontera con Guatemala.

En principio las normas limitaban la participación a coches de serie con cuatro plazas y por cercanía, la mayoría de los 132 equipos estaban compuestos por ciudadanos de EEUU y México, sin patrocinadores e incluyendo a nueve mujeres. El ganador de la primera edición iba a bordo de un Oldsmobile 88, haciendo el recorrido en un tiempo acumulado (sin contar los descansos nocturnos, claro) de 27 horas, con una velocidad media de 142 km/h. El Olds llegó a la meta con el motor humeante de haberse quedado sin aceite al golpear los bajos del coche con una roca… épico. Tres pilotos y un espectador perdieron la vida en este evento, como un presagio de lo que aún estaba por venir.

...yaaaaa no puede caminar!

El resto de Carreras ya tendrán lugar en noviembre y el recorrido será siempre de sur a norte, sobre todo para permitir a los americanos terminar cerca de casa. Para la segunda edición en 1951 se hizo obligatorio el uso del casco y del cinturón de seguridad y se permitió a Ferrari inscribir de manera excepcional unos biplazas deportivos. Antes de la salida, José Estrada, un próspero vendedor de coches mexicano, declaró que “ganaré esta carrera o moriré en el intento…” y éste resultaría ser su terrible epitafio… su Packard cayó por un precipicio de 190 metros y él y su copiloto murieron en el hospital al poco de llegar.

Al día siguiente, Carlos Panini, pionero de la aviación mexicana, estrelló su Alfa Romeo 6C 2500 SS del ’49 contra una pared de roca – en palabras de Bobby Unser, que estuvo involucrado en el accidente, “con el impacto el coche explotó como un huevo cayendo al suelo”. Según las reglas, pararse a ayudar a otro piloto suponía la descalificación, así que muy a pesar suyo Unser continuó la marcha con su Jaguar. Al final sólo terminaron 35 de 91 participantes y lógicamente ganaron los coches italianos, pilotados por Piero Taruffi y Alberto Ascari. Pero hay que destacar la hazaña del americano Troy Ruttman, que quedó cuarto batiendo a varios Ferrari y Lancia con su Mercury comprado por 1.000$ en una campa de coches usados – no por nada ésta es la era romántica de las carreras. Pero la trágica muerte de dos figuras mexicanas llevó a parte de la prensa a iniciar una cruzada contra la competición, tildándola de “crimen”.

El peligro acecha en cada curva

En 1952 tuvo lugar la tercera Carrera, en la que se dividió a los participantes en dos categorías: standard (sobre todo pesados americanos) y deportivos – generalmente europeos ligeros. En esta ocasión acudió a la cita Mercedes-Benz, con su sofisticado equipo de ingenieros, mecánicos y pilotos alemanes… y sus cochazos, los 300 SL, uno de los cuales resultó vencedor haciendo el recorrido en 19 horas a una media de 218 km/h, no sin antes protagonizar un episodio que ha pasado a la leyenda de la Panamericana. En la primera etapa y en plena curva a derechas a unos 200 km/h, el brtual sonido del 300 SL (casi sin silenciador) asustó a unas aves rapaces que descansaban al lado de la carretera.

Klenk, a la derecha, magullado pero contento

Quizás los pajarracos habían oído hablar de la siniestralidad de la carrera y esperaban a que se produjera el enésimo accidente para acudir en plan carroñero… en fin, uno de ellos impactó contra el parabrisas del Mercedes, rompiéndolo y golpeando al copiloto, Hans Klenk, que quedó inconsciente unos minutos. Pero una vez despierto de nuevo, el bravo Klenk ordenó a su colega Karl Kling que siguiera hasta la siguiente parada, que estaba a casi 70 km, donde pudo curarse de todas las heridas que tenía en la cara y limpiar el coche de la sangre derramada. Cuando el Mercedes reanudó su marcha los atónitos espectadores vieron que llevaba unas barras verticales atornilladas a modo de protección delante del parabrisas, montadas por los alemanes “por si acaso”.

Dos "Olds" en plena competición

En la cuarta Carrera, ya en 1953, los Mercedes no participaron, ya que estaban enfocados en la Fórmula 1, así que triunfaron Juan Manuel Fangio en un Lancia y José Herrate en un Porsche 550 Spyder en las categorías de deportivos grandes y pequeños – por cierto que a partir de su participación, Porsche adoptó el nombre “Carrera” para su modelo 911. Las categorías de limusinas fueron ganadas por un Lincoln y un Chevy, pero sobre todo esta edición se recuerda por ser la más trágica, empezando por la muerte de Felicce Bonetto.

Bonetti y su colega corrían con Lancias D24, monoposto y por tanto sin copilotos. Para compensar esta falta de guía, durante los entrenamientos ambos pintaron marcas en el camino para avisarse a sí mismos de las zonas más peligrosas. Lamentablemente, Bonetto no vio una de estas marcas y a la entrada de un pueblo perdió el control en un gran bache al que llegó a velocidad excesiva, enfilando un edificio y muriendo fulminantemente de un golpe en la cabeza contra el alféizar de una ventana. Aparte de este lamentable episodio, hubo que lamentar la muerte de seis espectadores que se habían apostado a la salida de una curva donde había volcado previamente un Ford… y fueron arrollados por otro participante que se quedó sin frenos. Así eran las carreras en esta época, los pilotos se jugaban literalmente la vida en cada curva – y lo sabían.

La Panamericana, evento de fuertes contrastes

En la quinta y última Carrera (1954) la mayoría de los participantes ya eran profesionales altamente organizados. La carrera fue ganada un Ferrari, pero a pesar de todo todavía había espacio para los aficionados, como el caso del californiano A.K. Miller que acabó quinto con su “engendro” casero: un Ford del ‘27 propulsado por un motor Oldsmobile sobre un bastidor Ford del ’50, conocido por los mexicanos como "El Ensalada". En España esta edición se recuerda por la accidentada participación de un Pegaso, cuyo piloto acabó colgado de un cactus – haced clic más abajo para leer la historia. Otros no tuvieron tanta suerte: este año hubo siete víctimas.

La prensa seguía criticando la alta siniestralidad y comenzaban a circular rumores sobre posibles irregularidades financieras relacionadas con el dinero proveniente de los patrocinadores pero a pesar de todo se decidió organizar una nueva Carrera para 1955. Sin embargo, en junio tenía lugar la mayor tragedia de la historia del automovilismo deportivo cuando un Mercedes se lanzaba por circunstancias trágicas contra una grada del circuito de Le Mans, matando a 83 personas e hiriendo a otras 120. Ante esta situación, el nuevo gobierno mexicano, no tan proclive a la competición, decidió cancelarla. Vaaaamos con el epílogo...

Desde 1988 se viene celebrando una nueva Panamericana a modo de tributo de estas cinco legendarias carreras de antaño, la mayor parte sobre el trazado original y con coches de aquella época, aunque con motores modificados con hasta 500 CV y tramos cerrados en los que se alcanzan velocidades de hasta 260 km/h: la actual Panamericana sigue sin ser ninguna broma. Pero todos los años un centenar de afortunados siguen recorriendo México a toda pastilla. Ah… por cierto que aquellos individuos ayudaron finalmente a Hans Herrmann a llegar a la ciudad más próxima – sobre todo tras haber verificado que no era gringo...

DH

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